Where we’ll be

Este fue el relato que presenté al Premio Ripley en 2017 (en cuanto a lo que tuve sentimientos encontrados) y más tarde a otro concurso. En ninguno fue premiado pero me gustó mucho cómo quedó después de los dolores de cabeza que me dio.


CUENTOS DE COLORESYCUENTOS DEL TEMPLO DE LAS LOBAS.png

Dentro de la incubadora Altea no sentía nada. Hacía mucho que no sentía nada. Había algo en su interior que le decía que aquél iba a ser un día especial, que algo iba a cambiar, pero hacía tanto que todos los días eran iguales que el presentimiento fue desestimado casi al instante. Cuando tu vida era siempre la misma llegaba un punto en el que dejabas de esperar otra cosa. Siempre la misma habitación, la misma gente, las mismas caras que cuando había llegado allí por primera vez. La mayoría del tiempo no estaba consciente pero cuando lo estaba disimulaba, intentaba que no se notase para poder observarlos al menos un poco más. Le parecían tan interesantes, eran tan diferentes unos de otros, tan diferentes… Sus pieles tenían tonos variados que iban desde el más delicado blanco hasta un marrón negruzco que se confundía con sus cabellos. De varias razas, también estaban divididos en dos grupos: los miembros de uno eran más bajos y curváceos, de pelo largo y facciones suaves; los segundos parecían más fornidos y dominantes. Todos ellos seres duales.

Altea, sin embargo, no podía ser más diferente. Piel azul mar, cabellos del color de la noche todavía no entrada, oscuro como las profundidades del océano; donde los científicos tenían unas figuras bien marcadas todo su cuerpo era grácil y recto, de pechos bien pegados al torso, casi inexistente cintura, caderas estrechas y piernas que en su momento fueron fuertes y que ahora flotaban sin definición alguna en el líquido a su alrededor. Su piel estaba salpicada de pecas azul oscuro y se confabulaba con sus tatuajes para distinguir todavía más ese cuerpo de los que le rodeaban. Cuadrados y círculos diminutos recorrían su superficie como parte de la herencia de toda su gente y su pelo, que había crecido sin control alguno durante los últimos años, ahora flotaba a su alrededor en pequeñas ondas. Ya casi ni se acordaba de las trenzas en las que su gente solía recogerlo.

Mientras pensaba uno de los científicos en bata se acercó al cristal como intentando descifrar algo. Un rato después y con hastío por el escrutinio, Altea le devolvió la mirada frunciendo el ceño. Obtuvo la satisfacción momentánea de verle sobresaltarse pero casi al instante este presionó un botón y, de nuevo, se hizo la oscuridad.

* * *

Cuando sus ojos se volvieron a abrir se encontraron con una escena nueva. Su visión, teñida de rojo por el parpadeo de varias luces brillantes repartidas por toda la sala, se cegó por un instantes. Tímidamente, sin dejarse creer lo que estaba pasando y sin permitir que la esperanza se hiciese camino en su corazón, consideró la posibilidad de que el laboratorio hubiera estallado en llamas. Al volver a abrir los ojos, sin embargo, notó que no había llamas por ninguna parte y que los científicos estaban todos agrupados detrás de una de las consolas, mirando fijamente a la puerta con lo que Altea adivinó eran expresiones de terror. ¿Qué habría al otro lado -pensó- que tanto miedo les daba? Sin poder oír nada, solo los cuerpos de los científicos estremeciéndose le daban alguna pista de lo que pasaba. De repente la puerta salió volando en una explosión que destrozó varios de los tubos. Sus contenidos, seres a medio formar, quedaron derramados por el suelo o colgando de los cables que los suspendían y algo en Altea lloró por ellos. No debería sentir pena pero para los koshi toda vida era sagrada. Por el espacio donde antes estaba la puerta empezaron a entrar seres de diferentes razas y complexiones, todos armados y todos cubiertos de arriba a abajo con armadura. Los pocos científicos conscientes tras la explosión se echaron al suelo y Altea pudo contemplar cómo suplicaban que se los dejase con vida, o eso supuso por sus posturas. Por suerte para ellos solo fueron reducidos sin demasiada violencia y atados en grupos. Tras esto los intrusos recorrieron la sala con cuidado, recogiendo cosas que parecían importantes y conectándose a las consolas que todavía funcionaban. Altea siguió fingiendo que dormía por precaución.

Finalmente dos ellos se acercaron a su incubadora. A pesar de estar cubiertos Altea podía ver que eran de razas diferentes. Lo evidenciaban la estructura de sus cuerpos y sus movimientos. Uno de ellos era más bajo que el otro y más fornido, el otro probablemente más joven e inexperto. Ambos se pararon frente a su incubadora y, en vez de dirigir su atención a la consola, alzaron la mirada. Sabían que no dormía, lo veía en su postura, así que se enderezó lentamente de su posición fetal y abrió los ojos para mirarlos más detenidamente. El más experimentado desvió la mirada y dedicó toda su atención a la consola, manipulándola expertamente mientras el joven mantenía el contacto visual. Si no supiera que los de su pueblo no se relacionaban con nadie fuera de su planeta juraría que era koshi. Esa postura, alerta pero relajada al mismo tiempo, le resultaba demasiado familiar.

De repente el líquido a su alrededor empezó a moverse y, no sin cierta sorpresa, comprobó que la incubadora se estaba vaciando. Era un rescate. Altea saboreó la sensación del aire en sus párpados cuando el líquido dejó de cubrirle la cabeza y alzó una mano para quitarse el respiradero. Por fin.

Cuando el líquido hubo desaparecido del todo Altea tuvo que apoyarse en el cristal. Llevaba años sin salir de allí y la inmovilidad pasaba factura. Se deslizó hacia el suelo y apartó la mano del cristal al ver que este empezaba a hundirse y abrir la cápsula. Los dos extraños se acercaron a ella una vez libre y ayudaron a que bajase, aunque no sin cierta dificultad, antes de que uno le acercase la bata de uno de los científicos para taparse con un ademán reluctante. Altea le miró fijamente antes de ponérsela y lamentó su falta de definición corporal. Con los músculos que tenía hace un tiempo no le habría entrado ni en el meñique.

—¿Mein Altea? Necesitamos verificar que es usted —dijo el más bajo con voz firme.

Altea se sorprendió. El extraño no parecía koshi y sin embargo no solo estaba usando el tratamiento propio de su pueblo sino que hablaba su idioma. Debían de haber pasado muchas cosas en su ausencia.

—Sí, soy yo —respondió, de repente sintiendo el cansancio—. ¿Asumo, puesto que me conoce, que vienen a devolverme a Sharkun?

—Sí, Mein, si nos acompaña la llevaremos a nuestra nave. Allí puede hacer una llamada al Consejo koshi e informarles de su estado.

—Bien. Gracias kare

—Capitana, capitana Marthan Delaware a su servicio.

Humana, al parecer, por sus patrones de habla. Había oído ese mismo saludo en otras ocasiones

—Gracias, capitana Delaware —dijo recordando que a los humanos les gustaba que se refirieran a ellos por su nombre de familia si no les conocías.

La capitana negó con la cabeza.

—No se merecen, Mein. Kuhe, ¿has acabado ya con la consola?

El segundo de ellos, quien le había acercado la bata y que parecía mantener algún tipo de animadversión hacia su persona, alzó la cabeza de lo que estaba haciendo y asintió. Se había conectado al terminal y tecleaba rápidamente, revisando las líneas de texto que aparecían en pantalla. Altea se preguntó porqué tal aversión. A través del casco que llevaba no se podía adivinar su expresión pero algo le decía que en ese mismo instante le estaba fulminando con la mirada.

—Casi, capitana, id yendo y os alcanzaré cuando haya copiado todo.

Tras este corto intercambio de palabras la capitana Delaware ayudó a Altea a llegar a su nave. Caminaban despacio por su falta de fuerzas pero a la capitana no pareció importarle, deteniéndose de vez en cuando para dar instrucciones a su tripulación. Algunas de ellas parecían innecesarias y Altea se preguntó si no lo estaría haciendo para que pudiese descansar. Si ese fuera el caso desde luego no iba a decir nada, pensó con una pequeña sonrisa. Altea poseía tan pocas fuerzas que apreció estas paradas en el camino a la nave. Una nave que, por lo que pudo ver, o era nueva o tenía poco tiempo y estaba armada con la tecnología más nueva, decididamente militar. No es que tuviera mucho conocimiento sobre naves espaciales pero reconocía la hechura de esta. Si no se equivocaba, procedía de la división militar bajo el mando del Consejo Intergaláctico, en cuyo caso estaba en buenas manos. La pequeña chispa de desconfianza que mantenía en el pecho se extinguió y se dejó convencer de que sí, finalmente volvía a casa.

* * *

Veintisiete horas después de que subiese a bordo de la nave, Altea se sentía con fuerzas suficientes para salir de su camilla en el puente médico de la nave. Hacía unas pocas horas había mantenido una llamada con Oshe Karalen, del Consejo koshi, y esta le había proporcionado muchas respuestas y al mismo tiempo le había creado muchas preguntas. Al parecer habían pasado diecisiete años solares desde su secuestro en los cuales se había perdido tres Comulgaciones con Sharkun en las que, por su ausencia, el planeta no había revelado gran cosa. Mein N’kar’n y Mein Silkne, representantes de los rak’r y los rai respectivamente, decían que Sharkun tenía un comunicado importante que hasta que no estuvieran todas las razas representadas no revelaría.

Altea suspiró. Pero eso no era todo, al parecer el Stargate había encontrado hace cuatro años al único clon que los científicos habían conseguido crear y le había dado cobijo. Aquello le había extrañado, dado que todo koshi tiene prohibida la salida del planeta sin una razón justificada y por lo tanto lo racional habría sido devolver al clon a su planeta por mucho que no hubiese nacido en él. Ante esto Oshe Karalen le había comunicado que el clon se había negado en redondo a separarse de sus salvadores y más concretamente de la capitana Delaware, que había sido quien le había despertado de la cápsula en donde le mantenían en hipersueño. El Consejo había decidido acatar sus deseos al menos hasta que encontrasen a Altea, en cuyo caso, habían decidido, el clon debía viajar a Sharkun y quedarse allí. Altea entendía esta decisión, por mucho que el citado no lo hiciese. Todos en Sharkun sabían que era imposible hacer un clon de un koshi.

Mientras pensaba esto la puerta al puente médico se abrió y por ella entraron la capitana Delaware y Kuhe, quien le había ayudado el día anterior en el laboratorio y también el citado clon. Tras lo que Oshe Karalen le había contado entendía el porqué de su animadversión. Sin casco y sin armadura Altea podía ver bien todas las similitudes que compartían. La misma complexión, el mismo tono de piel y de pelo —aquí dedicó unos segundos a lamentar que, contrariamente a la tradición de los koshi, el pelo de Kuhe fuera corto y pegado al cráneo, sin posibilidad de trenzarlo— y una estatura correspondiente a sus catorce años de vida. No se parecía tanto, sin embargo, a ese “yo” que Altea había sido hace años, condición sine qua non para ser un clon. En su mente la hipótesis que barajaba se iba volviendo cada vez más probable.

—¿Mein Altea? —preguntó la capitana, haciendo que parpadease—. ¿Asumo que Oshe Karalen le ha puesto al corriente de la situación?

Altea asintió e hizo un gesto de invitación hacia la cama contigua, donde ambas se sentaron. Kuhe tenía el ceño fruncido y miraba hacia el suelo.

—Me gustaría hablar con usted sobre el traslado de Kuhe a Sharkun. Ya sé que acordamos con Oshe Karalen que cuando la rescatásemos debía ir con usted y quedarse allí pero esta nave es todo lo que Kuhe ha conocido, nosotros somos su familia y sinceramente, ni nosotros queremos dejarla ir ni ella quiere dejarnos —explicó la capitana firmemente.

Kuhe había levantado la cabeza con nerviosismo pero con determinación, esa determinación de los jóvenes que grita que luchará por lo que quiere por mucho que quieran impedírselo. Le parecía curioso cómo se inclinaba levemente hacia la capitana como buscando calor y apoyándose en ella. Si se fijaba hasta parecía estar temblando ligeramente.

—Dígame, ¿qué es lo que teme de llevar a Kuhe a Sharkun? —preguntó—. ¿Es la idea de perderla en un planeta al que solo le será permitido volver de vez en cuando? ¿O es el contacto con su pueblo lo que teme? ¿Que pueda asimilar los ideales de un pueblo que es suyo pero que tan diferente le parece? Si es la primera opción, tengo la seguridad de que se podría encontrar una manera de que no perdieran contacto. En cuanto a lo segundo, me temo que es inapelable. Es koshi y pertenece en Sharkun así como debe conocer su pueblo y entender nuestra cultura porque es su herencia.

La capitana procedió a contestar pero fue interrumpida por Kuhe, que se levantó violentamente de la camilla.

—¡Pero eso da igual! Puede que sea biológicamente koshi pero en realidad soy un clon, ¡no soy parte de nada! Probablemente en cuanto llegue a su planeta lo primero que harán será ponerme en una mesa de operaciones y ver de qué estoy hecha.

Durante este estallido le pareció apreciar una especie de dualidad en la voz de Kuhe, como si estuviera hablando dos idiomas al mismo tiempo, que no acabó de entender.

—Claro que no —dijo Altea con perplejidad—. ¿Qué te hace pensar eso?

—Es lo que haría cualquiera —respondió Kuhe como si lo que decía fuera obvio. Aquella certeza de pensamiento le preocupó—. Además, Oshe Karalen nos dijo que nunca se había podido crear un clon de un koshi así que sería lógico que quisieran replicarlo. ¡Pues no, gracias! Tengo una vida aquí y no pienso dejarla por un lazo cultural imaginario que me haría separarme de todas las personas que conozco.

Con probabilidad esa era la causa más importante de su lista y aunque era lo más difícil de garantizar, no veía problema en que se permitiese a la Stargate quedarse durante un tiempo en Sharkun.

—Además, sois raros. Nadie sabe nada de vuestra cultura porque nunca salís de vuestro planeta, sois todos iguales, ¡y nadie ha visto jamás un hombre koshi! Me suena a que los tenéis escondidos y, sinceramente, no sé si quiero pertenecer a una raza que discrimina a la mitad de su población.

Ahora ya con confusión, Altea le hizo un gesto para tranquilizarla.

—Primero agradecería que te sentases de nuevo. Perfecto, ahora, ¿si me dejas explicarme? —preguntó con ademán divertido. Ante el asentimiento de Kuhe, empezó—. Dices que como eres un clon no perteneces a nuestra sociedad puesto que no eres un miembro de pleno derecho, ¿cierto? Bueno, pues en eso te equivocas. Lo primero que deberías saber es que es imposible crear un clon de un koshi -no, no me interrumpas-. Ya se ha intentado varias veces y la… “copia” por así decirlo, nunca sale perfecta. Para entender porqué deberías saber que nuestros organismos están acostumbrados a variar genéticamente de padres a hijos. Al parecer los organismos de los clones imitan este comportamiento en las incubadoras y nunca salen perfectamente iguales a los originales. En cierto sentido, esto convertiría a estos “clones fallidos”, no ya en copias, sino en descendientes nuestros. En tu caso eso te convertiría en mi hija —apuntó con una pequeña sonrisa.

Tanto Kuhe como Marthan miraban a Altea con una expresión estupefacta pero Kuhe parecía sentir más confusión. Era entendible. Era una realidad de la que había estado separada toda su vida

—Y aunque no lo fueras, toda persona de sangre koshi es parte del pueblo, sin excepción. Uno podría argumentar que el lazo sanguíneo no significa nada pero aunque hubieras sido un clon de verdad -y puedo asegurarte que no lo eres, no te pareces lo suficientemente a mí como para serlo por mucho que tú pienses lo contrario- serías bienvenida entre nosotros. No sé qué otras culturas habrás conocido desde que dejaste los laboratorios pero en Sharkun todo el mundo tiene los mismos derechos, nunca se te usaría como sujeto de pruebas. Aunque quisiéramos estudiar tu caso se te pedirían muestras de sangre y células con las que se experimentaría, nunca contigo, y seguiría requiriéndose por tu parte que aprendieses nuestra cultura y nuestra historia. Está en nuestras leyes.

Saliendo un poco de su ensimismamiento, Kuhe apretó los puños con rabia y bajó los ojos pero no interrumpió las palabras de Altea. Algo de la tensión con que se había mantenido en guardia sí había desaparecido, observó.

—Tu segundo punto creo que era dejar a la familia que habías formado en la Stargate atrás, ¿cierto? Es verdad que normalmente no se permite a forasteros que permanezcan en Sharkun pero creo que si intercedo por ti ante el planeta podríamos llegar a algún tipo de acuerdo para que se quedasen por un tiempo.

Ante esto Marthan llamó su atención.

—De hecho, Mein Altea, ya hemos llegado a cierto trato con el Consejo koshi. Oshe Karalen prometió interceder por nosotros ante el Concilio, ¿del cual asumo es usted parte? —Altea asintió—, para dejarnos estudiar su planeta en beneficio del nuestro.

—¿Estudiar Sharkun? —preguntó Altea con sorpresa—. ¿Con qué propósito?

—Verá, nuestro planeta no se encuentra en buenas condiciones. Nuestra raza ha sido incapaz de equilibrar su evolución de manera sostenible con el mantenimiento de la Tierra. Se muere, Mein Altea, y por lo que sabemos en Sharkun podría hallarse la clave para salvarlo.

La capitana parecía avergonzada de su predicamento, como si ella hubiera participado personalmente en el desgaste de su planeta a pesar de que Altea sabía perfectamente que hace falta mucho más que una sola persona, y muchos años más que los que abarcan una generación humana, para hacer tal daño. El desgaste probablemente había estado en marcha durante varios siglos, algo que no entraba en su comprensión. ¿Qué clase de daño habían llegado a hacer y por qué? ¿De qué manera se podía dañar tanto un planeta que este quedase al borde del colapso? Se estremeció, imaginando una situación similar en Sharkun. Algo así nunca podría pasar pero aún así la imagen mental era aterradora por sí misma. Si podían hacer algo por ese moribundo planeta, Altea estaba a favor.

—Me parece correcto. Siempre y cuando no hagáis daño, dudo que Sharkun se oponga. Me encargaré de sacarlo a colación en la siguiente reunión con Mein M’kar’n y Mein Silkne.

La capitana suspiró de alivio.

—Muchísimas gracias, Mein Altea.

—No se merecen, capitana, es lo justo. Dado ese punto por acabado, creo que quedaban dos. No sé quién te habrá contado que somos todos iguales pero te aseguro que la variación genética se encarga de que eso no pase. A lo mejor no te has acostumbrado a ver demasiados koshi, ¿por lo que te parecen extraños? Antes de que saliera de Sharkun a mí me pasaba algo parecido y aunque suene extraño, quizás sí que debo a mis captores una cierta apertura de mente en lo que respecta a diferencias culturales —Altea esbozó una sonrisa amarga—. Pasaba gente de todo tipo por los laboratorios, de muchas razas diferentes, y aunque en un principio me parecían todos iguales poco a poco aprendí a diferenciarlos. Sus gestos, sus estructuras faciales, sus formas de relacionarse con el resto… todos eran diferentes. Te aseguro que una vez pases un tiempo entre nosotros te acostumbrarás a reconocernos.

Kuhe asintió con un ademán recalcitrante pero preguntó.

—¿Pero y los hombres?

Ante esto Altea le devolvió una mirada perpleja.

—Sinceramente, no sé muy bien a qué te refieres. Lo has mencionado anteriormente pero he de reconocer que no conozco el concepto.

Tanto el rostro de la capitana como el de Kuhe pasaron a expresar incredulidad.

—¿Cómo es posible que no conozca el concepto? ¡Es básico! No sé si se está riendo de nosotras o si lo dice en serio.

Kuhe parecía tan alterada que Altea miró a la capitana en busca de respuestas. Esta había adoptado una expresión contemplativa.

—A lo mejor hay algún fallo con el comunicador.

—¿El comunicador?

—Sí. Verá, ni yo ni Kuhe ni nadie en esta nave es capaz de entender su idioma. Kuhe, que no sabía hablar cuando la encontramos, aprendió de nosotros una lengua humana. Pero era básico que pudiésemos comunicarnos tanto con el Consejo koshi como con usted así que uno de nuestros técnicos desarrolló un comunicador que traduce lo que decimos a su idioma y viceversa. Hablamos más bajo de lo que lo hacemos normalmente para que pueda oír el comunicador más claramente.

Así que eso era lo que había notado antes.

—Es posible que haya un error en su programación. El teniente Jakim obtuvo de Oshe Karalen un archivo con una gran variedad de palabras y construcciones gramaticales pero es posible que haya algún error de correlación.

Altea asintió.

—Siempre puede explicármelo.

La capitana pareció incómoda.

—Bueno, un hombre es, por así decirlo… la otra mitad de una raza que permite que esta se reproduzca. Es la mitad que proporciona la mitad de los genes al individuo gestante.

Ahora lo entendía todo.

—Aaaaah… se refiere a la dualidad de su raza.

—¿Dualidad? —preguntó la capitana perpleja.

—En Sharkún todos los organismos se reproducen sin la participación de nadie más que el individuo que da la vida a la siguiente generación. Es posible que no tenga la palabra en su comunicador pero en nuestra lengua se denomina partenogénesis.

—Sí, sí la tenemos —dijo la capitana un tanto confusa—. Es solo que en nuestro planeta esa es una característica exclusiva de organismos no pensantes y resulta un poco difícil de comprender.

—¡Espera, espera! —exclamó Kuhe de repente—¿Significa eso que yo no soy una mujer?

—Si “mujer” es el concepto contrario a “hombre” debo decir que no. Todos los organismos de Sharkun, o al menos todos aquellos de los que tenemos conocimiento, son no sexuados.

Ante esto Kuhe palideció y tras un par de intentos de contestar en los que no consiguió pronunciar palabra completa, la joven salió por la puerta impulsivamente. Altea la contempló irse con preocupación.

—Tendrá que perdonarle. Le costará asimilarlo, me temo —apuntó la capitana, que todavía se hallaba en un ligero estado de shock. Tras el comentario sacó una pantalla holográfica de su muñequera y empezó a retocar ajustes—. No sé si sería un error de Jakim o desconocimiento sobre el tema pero ya decía yo que algunas de sus respuestas no tenían mucho sentido. El comunicador nos traducía su idioma en femenino la mayoría del tiempo -nuestra flexión lingüística por género- mientras que su idioma probablemente no tiene esa característica —respondió ante el interrogante que seguramente se podía leer en su cara.

—Tiene usted razón. En nuestro idioma solo hay una manera de referirse a una persona —confirmó.

—En realidad tenemos una flexión neutra, no sé porqué el programa no eligió esa automáticamente. Hecho, ahora debería entenderle mejor.

Tras la revelación y la huida de le joven, sin embargo, había quedado atrás un silencio incierto. Ahora que no estaba el sujeto de la conversación la sala parecía haber adquirido un ambiente diferente. Varios minutos después Altea se giró hacia la capitana.

—¿Usted le considera une hije, cierto? —preguntó con una mirada dulce.

La capitana le devolvió la mirada pero al poco cambió su foco de atención hacia al fondo de la sala, pensativa.

—En cierto sentido, sí. Reconozco que cuando llegó por primera vez todo era un caos. Nunca habíamos tenido un niño a bordo y la tripulación no sabía cómo lidiar con elle. Era extremadamente rebelde, no dejaba que nos acercásemos. Creo que lo que le sacó del shock fue ver cómo no le perseguíamos ni le obligábamos a hacer nada. Bueno, excepto comer. Eso fue interesante. Como siempre había estado conectade el concepto de comer le parecía extraño. De hecho, estuvo a punto de desfallecer por falta de nutrientes a causa de ello. Ver a alguien tan pequeño sufrir de esa manera me volvió bastante protectora, debo admitir —rió débilmente—. Me alegro tanto de haber encontrado por fin a esos malnacidos… No sé cuál será su castigo pero creo que mientras no les dejen ir sin algún tipo de retribución yo me daré por satisfecha.

En aquel momento se dio cuenta de que quizás había ido demasiado lejos y procedió a disculparse. Altea le cortó con un movimiento de cabeza.

—No pasa nada, capitana, aprecio su honestidad y comparto sus sentimientos. Yo habría reaccionado de igual manera —la miró con comprensión—. Sé que está usted preocupada por el hecho de que no ser une koshi le impida seguir desarrollando su relación con Kuhe y me gustaría tranquilizarla al respecto. En nuestra cultura lo más importante no es quién es tu pariente más cercano, teniendo todes unas relaciones consanguíneas algo dudosas a causa de la variación genética. Puede que Kuhe sea mi hije biológique pero usted toma precedencia según nuestras leyes. Usted le ha vestido, le ha cuidado y le ha criado durante cuatro años, usted y los tripulantes de esta nave; yo solo soy un reciente añadido que pide humildemente que le dejen conocerle.

Este último apunte fue acompañado de una ligera reverencia, sentade como estaba.

* * *

Durante el viaje a Sharkun Altea aprovechó para pasar más tiempo con Kuhe e, incidentalmente, también con la capitana Marthan. A le joven koshi le costaba comprender el concepto de ser no sexuado cuando había vivido cuatro años con la idea de que sí lo era pero poco a poco empezó aceptarlo y a hacer preguntas al respecto. Cuando les explicó las costumbres de su pueblo le ayudaron a encontrar un paño largo con el que se vistió a la manera tradicional y con el que enseñó a Kuhe los distintos estilos que representaban tanto el estatus social de cada koshi como, a veces, su estatus dentro de su familia. Una labor similar realizaban los tatuajes que recorrían todo su cuerpo, que siguiendo un patrón matemático detallaban en la piel de su huésped tanto su oficio como acontecimientos de valor personal. Con ayuda de Jakim consiguió construir un aro guía sencillo con el que enseñar a Kuhe cómo se peinaba su gente. En Sharkun habitaban un gran número de mamíferos con cuernos y entre su gente se había extendido la práctica de dejar crecer el pelo para, con las partes anteriores de este, hacer dos trenzas a cada lado de la cabeza que caían libremente por la espalda. De esta manera imitaban a los mamíferos. Simbolizaban, le explicó, el lazo que unía a les koshi con el planeta y todos sus seres vivos. Eran también una raza que no comía carne puesto que habían evolucionado sin necesitarla nunca. Su cuerpo no sabía digerirla y rechazaba su asimilación.

Otros detalles, como los rituales que tenían lugar cada ciclo lunar (que considerando que Sharkun tenía dos lunas era bastante a menudo) y la relación de su gente con el planeta le resultaron más difíciles de comprender. El hecho de que Sharkun no era solo un planeta sino un ente pensante que se comunicaba con elles era una idea difícil de asimilar de repente, Altea reconoció. La capitana, sin embargo, que era quien elle tenía la impresión de que tendría más dificultades a este respecto, fue quien primero lo comprendió y le facilitó a Kuhe hacer lo mismo. Era alguien interesante. Firme, determinada, inteligente y una líder que inspiraba confianza. No había tardado mucho en permitirle usar su nombre personal, lo que había propiciado que Altea hiciera lo mismo. Aunque debía reconocer que le costaba hacer el cambio (de vez en cuando se le olvidaba quitar el título de delante del nombre y la capitana le miraba divertida), llamarla por su nombre personal le confería un toque íntimo a su recién creada relación que si bien no le desagradaba le hacía experimentar un sentimiento que no sabía muy bien cómo nombrar.

La llegada a Sharkun fue simple. En el planeta no fabricaban naves y raramente permitían que una se acercase así que no había hangares para la Stargate y se tuvo que habilitar un gran espacio abierto en la llanura Kashdi, cerca del bosque Hae, para este propósito. Las delegaciones de les koshi, les rak’r y les rai les esperarían en la linde del bosque en el punto en que era atravesado por el río Shmeio.

Tras las maniobras iniciales de entrada en la atmósfera la Stargate descendió lentamente su pesado cuerpo hasta que tocó tierra y las comprobaciones del aterrizaje empezaron. Cuando por fin les permitieron salir al aire libre por la compuerta del hangar inferior algo en Altea le forzó a salir impacientemente hasta que sus pies tocaron otra cosa que metal. Para elle, la visión de su planeta en plena floración le pareció un bálsamo, un bálsamo que le curaba el alma. Poder sentir de nuevo la hierba entre sus pies, el aire abrazándole y acariciándole, le hacía sentir que por fin estaba en casa, que una vez más podía sentirse libre. La primavera en Sharkun siempre había sido un espectáculo digno de contemplar y ahora que por fin estaba de vuelta algo en elle cambió. El pequeño nudo del que no había podido librarse desde que le habían rescatado del laboratorio en el que había estado encerrade se deshizo por fin y le dejó respirar profundamente.

A su lado la capitana Marthan, que le había seguido en silencio, observaba con arrobo cómo la primavera sacudía cada rincón de Sharkun, como si alguien la hubiera hipnotizado y lo único que pudiera ver fuera el verde de la vida a su alrededor. Una lágrima se escapó de uno de sus ojos y recorrió su mejilla.

—Hacía tanto que no veía unos colores tan vivos, un planeta tan… sano.

Altea acercó una mano a su mandíbula y recogió la lágrima con un dedo.

—Su planeta volverá a la vida, capitana Marthan, se lo prometo. Haremos cuanto esté en nuestra mano.

 

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Altea, ilustración de Red Sinistra ❤

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